miércoles, junio 23, 2010

José Saramago (1922-2010)


















A la muerte de un escritor, especialmente de un gran escritor, es frecuente que se hable de muchas cosas relacionadas con él pero no de su literatura. Las reacciones, su vida, los pormenores de su desaparición… todo ello es escaneado en riguroso directo por los plumillas de turno pero un comentario reposado de la obra que deja detrás, eso, suele brillar por su ausencia.
José Saramago no iba a ser una excepción. Desde su iberismo, a su relación con Portugal, su país, pasando por su residencia en Lanzarote, su premio Nobel, el cariño de sus lectores (de lo que doy fe, una de las entradas más contestadas de este blog fue mi comentario negativo sobre “Las intermitencias de la muerte), su matrimonio con una española, su militancia comunista, su infancia de pobreza y necesidad, su tardía incorporación a la literatura, lo repentino de su muerte (a pesar de su edad) o el desafortunado comunicado de la Santa Sede (¡Qué ha sido de la sutileza de la diplomacia vaticana! otro mito que se desmorona). En fin, de todo esto se ha hablado y mucho en la prensa pero, repito, de sus libros, lo justito y poco más. Como mucho un poco de hincapié en lo raro de su éxito siendo un autor que posee un estilo bastante especial, barroco, poético y un tanto vanguardista.
Desgraciadamente no me siento capacitado para hacer ese esfuerzo que he echado en falta en otros sitios, y no voy a hacer una elaborada crítica de la obra de Saramago. Pero sí me gustaría recordar una cosa: el portugués fue un autor que cultivó con esmero, intensidad y reiteración el género fantástico. Algo que, en mi modesta opinión, no se ha señalado lo suficiente. Saramago practicó eso tan difuso que se ha llamado Realismo Mágico, pero también el Fantástico literario más puro, la política ficción, el relato bíblico e, incluso, algo parecido a la ciencia ficción.
En ese sentido es, probablemente, y una vez que han fallecido Ballard y Lem, lo más cercano a un autor de nuestros gustos que la Academia Nobel puede llegar a reconocer. Por tanto, merece la pena recordar, y no intento ser exhaustivo, títulos como el ya citado “Las intermitencias de la muerte” pero, también, “La balsa de piedra”, “El evangelio según Jesucristo”, “Ensayo sobre la ceguera” (quizá su libro más reconocido), “La caverna”, “El hombre duplicado”, “Ensayo sobre la lucidez”, “Cain” o algunos de sus cuentos.
El hecho de que crítica y público aceptasen sin rechistar estos títulos son, probablemente, el mejor ejemplo de hasta que punto esa normalización de la literatura fantástica y, especialmente de la ciencia ficción, se ha convertido, y valga la redundancia, en algo normal. Tanto que, probablemente, este tipo de entradas reivindicativas (a las que soy bastante asiduo) empiezan a dejar de tener sentido. Hoy por hoy escribir sobre un mundo donde todos se vuelven ciegos menos unos pocos y sobre como ese Apocalipsis refleja nuestra condición humana ya no es ciencia ficción, si no una crítica social digna de un Nobel. ¡Ah, si Wyndham levantase la cabeza!

2 Comments:

Blogger Risingson Carlos said...

Será cf, pero he sufrido burlas - digo burlas - cuando defendía que "Ensayo sobre la ceguera" era ciencia ficción. "¡Cómo va a serlo, si trata sobre otras cosas!". No es ciencia ficción para casi nadie, porque la ciencia ficción es naves, siempre será naves, y siempre lo será, y cualquier otra cosa que me digas sobre ella es falsa siempre y para siempre y no te metas con mi escritor comparándolo con esa panda de frikis pajeros.

Tal cual.

DEP.

lun. jun. 28, 12:19:00 p. m. 2010  
Blogger Iván Fernández Balbuena said...

Bueno, intolerantes e ignorantes siempre los habrá, hablemos de lo que hablemos.
Otra cosa es determinar si Saramago jugaba en la misma liga que Wyndham y, claro, ahí la respuesta obvia es no.
Lo que ocurre es que, personalmente, rechazo esa idea de que la gran literatura es buena y la literatura popular mala. Por ahí no paso.
Saramago era un gran escritor y tenía una serie de objetivos estéticos a la hora de escribir su "Ensayo sobre la ceguera". Wyndham era un magnífico artesano que tenía otras cosas en mente cuando escribió "El día de los trífidos". Con ambos libros me lo he pasado muy bien y, sinceramente, juzgar ambas obras bajo los mismos parametros es total y absolutamente injusto.
Ferrá Adriá será la recontrareleche pero la tortilla de mi madre es la tortilla de mi madre y tiene unas virtudes que Adriá jamás alcanzará (ni falta que le hace). Por supuesto, ese es un debate en el que nadie entra y no entiendo por qué, con los libros, en cambio, nos empeñamos todos en hacer que escritores muy diferentes compitan entre si.

lun. jun. 28, 04:14:00 p. m. 2010  

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