jueves, octubre 12, 2006

La Bella y la Bestia de Madame Leprince de Beaumont


Lo reconozco, este es mi cuento de hadas preferido, el que más me ha impresionado y cuyo recuerdo, grato y placentero, me seguirá toda la vida. Para este gusto mío hay dos explicaciones posibles, una de tipo personal y otra que tiene que ver más con la estructura del cuento.
No sé si fue Bruno Bettelheim (cuya obra todavía no he leído) el primero en señalar que lo más apasionante de “La Bella y la Bestia” es que empezaba donde los demás cuentos acababan. Repito, no estoy seguro de que sea suya esa afirmación, a mi me la comentó por primera vez un psiquiatra que conocí en un curso de inglés hace muchos años. Según su teoría (o la de Bettelheim, en cualquier caso teoría que apoyo) “La Bella y la Bestia” es, en el fondo una metáfora sobre el matrimonio. Como todos sabemos, en el cuento de hadas tradicional los protagonistas tras muchas vicisitudes triunfan y al final se casan, el famoso “Fueron felices y comieron perdices”. Pero como todo el que tenga pareja sabe, la convivencia puede dejar en chiquitas el luchar contra un dragón o una bruja malvada.
Vivir en pareja es difícil, es la auténtica aventura de la vida y sólo se consigue triunfar en ella con valor, paciencia y dulzura, justo lo que encontramos en “La Bella y la Bestia”. En cierta forma, Bella se “casa” con un desconocido al que no entiende y al que teme pero del que poco a poco y a través del día a día se va enamorando hasta aceptarlo tal cual es, con sus virtudes e inconvenientes.
Para una época como 1756 (fecha de publicación de la historia) esta metáfora era más bien una realidad bastante siniestra. Muchas mujeres eran criadas en un ambiente totalmente femenino y con muy poca información sobre los hombres y su mundo (educarse en un convento era de lo más normal en determinados grupos sociales) y, por supuesto, el sexo era el gran tabú, algo que, con horror, algunas mujeres descubrían en la noche de bodas con un completo desconocido.
Por qué esa era la otra parte de la ecuación, los matrimonios del XVIII eran muy a menudo concertados entre las familias sin tener en cuenta otros interés que los políticos o económicos, más de una chica “descubría” de verdad a su marido el día de la boda. Una experiencia traumática (recordemos a Madame D’Aulnoy) y, en cierta forma, una auténtica aventura. Y de eso habla “La Bella y la Bestia” de cómo dos desconocidos pueden llegar a entenderse y amarse, aunque uno de ellos sea, aparentemente, un monstruo.
Ese mensaje sigue funcionando en nuestros días y hace que el cuento siga siendo totalmente efectivo. A fin de cuentas, para muchas mujeres, y a pesar de los cambios en los usos y costumbres actuales respecto al XVIII, el hombre no deja de ser “el otro”, un ente violento, desconocido, casi incomprensible, en cierta forma, y sólo hay que recordar la violencia de género tan, desgraciadamente, de moda, una especie de bestia. Pero, y ahí radica la gracia de la historia, una Bestia que es tan humana y, al final, comprensible como la Bella que da título a la historia.
Hay en todo el relato una constante que nos da la clave para entender esta idea y que no conviene olvidar. Sabemos que la Bella (la mujer) es humana desde el principio pero la Bestia (el hombre) tiene que demostrarlo a lo largo de la historia hasta que nos convenzamos de su derecho a formar parte de la humanidad.
La cuestión más personal e intima que hace que me guste la historia es su carácter de “fantasía masturbatoria para adolescentes”. Para un quinceañero feo, peludo y un tanto desaliñado como era servidor y que, por supuesto, no se comía una rosca, resultaba alentador leer historias como esta, era muy fácil identificarse con la Bestia y saber que, en algún sitio, alguna Bella sería capaz de ver más allá del acne, las camisetas viejas y las greñas. Así que, mientras esperaba, historias como esta hacían que la esperanza no decayese del todo. Visto ahora puede parecer una chorrada mayúscula pero en su época ayudaba, así que mi agradecimiento a Madame Leprince de Beaumont.
Una mujer, por cierto, de lo más interesante. Sufrió, como no, un matrimonio concertado desastroso del que huyó trasladándose a Inglaterra donde se ganó la vida como educadora. Fue en su trabajo cuando decidió crear una colección de cuentos que sirviesen para educar a sus alumnas, como dirían los pedagogos actuales, en valores. El libro se título “Magasin des Enfants” y fue todo un éxito. En España se le conoció como “El Almacén de los Niños” aunque por desgracia no hay ninguna edición moderna disponible. De hecho, esta edición de Gaviota es un tanto decepcionante ya que sólo cuenta con ese cuento de Madame Laprince de Beaumont. Los otros tres (“La princesa Rosette”, “La bella de los cabellos de oro” y “El pájaro azul”) pertenecen a la mano de Madame D’Aulnoy, estando los dos últimos presentes en la ya comentada en este blog edición de Siruela. Y sabiendo que la obra de D’Aulnoy está disponible y que Beaumont ha dejado un buen puñado de cuentos a los que es imposible echarle el ojo, uno se pregunta que razones han empujado a la editorial Gaviota a semejante decisión. Máxime si tenemos en cuenta que no hay dos autoras más distintas entre si que la moralista y dulce Beaumont y la cruel y libertaria D’Aulnoy (bueno, tienen en común su proto-feminismo, pero poco más).
En fin, como decía, el libro fue todo un éxito que reivindicó la figura de la francesa y eso a pesar de que, hasta cierto punto, la historia es un plagio ya que existe una versión previa obra de Madame de Villeneuve en su libro “Cuentos Marinos” (1740). Nada grave si tenemos en cuenta la tradición de los cuentos de hadas donde este tipo de actitudes están a la orden del día.
Un último comentario sobre las versiones cinematográficas de “La Bella y la Bestia”. Sin que sirva de precedente, reconozco que la versión Disney me gusto, se toma las libertades habituales con la historia pero la vuelta del estudio al mundo del cine fue bastante lograda. Ahora bien, sin ánimo de parecer un pedante, existe una obra maestra del cine un poco desconocida aquí en España que es la versión francesa de 1946 obra del escritor surrealista Cocteau. Esa película es, sencillamente, impresionante, plena de espíritu surrealista, de efectos especiales que aún llaman la atención (a pesar de su primitivismo) y de una lectura respetuosa a la par que original del cuento. En fin, que si tenéis oportunidad vedla, me lo agradeceréis.

1 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Me ha encantado tu comentario. !Que suerte tiene tu Bella!

vie. may. 20, 09:46:00 p. m. 2011  

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